LA (DES)HONESTIDAD
QUE TODOS VAMOS CONSTRUYENDO
Por Juan Camilo Cárdenas.
Comencemos por lo primero. No sabemos un pito
sobre la conducta humana alrededor de la honestidad. Estamos apenas comenzando
a levantar las primeras capas de uno de los fenómenos más complejos y antiguos
de la mente humana. Y lo segundo. Todos hemos cometido actos de deshonestidad y
por eso caer en esos maniqueísmos de separarnos de los deshonestos no va a
ayudar mucho a resolver los costos tan
absurdos que la deshonestidad trae para la sociedad. Algunos han
cometido actos más graves que otros, claro, pero podemos ponernos de acuerdo en
aceptarlo como parte de nuestra naturaleza humana, y más bien entender el
problema con un poco más ciencia y un poco menos de moralismos, para ver si en
el contrato social y su ejecución llevamos la honestidad a su merecido lugar y
la convertimos en un bien público que todos aprovechamos.
Parte del problema es lo paradójico que puede
ser un acto deshonesto. ¿Porqué Lance Armstrong decidió confesar sus andanzas
por el doping después de tantos años de negarlo, de llegar al pico de la fama y
la admiración por su extrema filantropía y después de haber perdido mucho de su
prestigio, premios y patrocinios? Muchas especulaciones se han oído y tal vez
no sabremos las motivaciones exactas. De hecho las dudas
continúan.
¿Porqué algunos miembros de la fuerza pública
podrían llegar a los horrores del engaño en los falsos positivos para buscar un
permiso para ir a visitar a sus familias? Probablemente no comprenderemos estas
paradojas por un tiempo. Ni hablemos del caso ya imposible de digerir en que
testimonios falsos solo han acabado con la posibilidad de saber la verdad en el
caso Colmenares. Cada vez más lejana la posibilidad de la verdad. Estamos
esperando los resultados de las investigaciones sobre el caso de Interbolsa,
aunque ya comienzan a
aparecer pistas.
Regresemos a un momento que todos recordamos,
el 11 de septiembre del 2011. David Callahan en su
libro “The Cheating Culture” describe con gran
detalle como inmediatamente después de la catástrofe la conexión con el sistema
de cajeros electrónicos del Municipal Credit Union of New York City – un fondo
de ahorros de unos 300,000 miembros y cerca de $1 billón de dólares en
capital, se había perdido y quienes usaban sus tarjetas débito se dieron cuenta
que después de hacer un retiro su saldo no se veía afectado. Después de
reparado el daño y de buscar a sus propios miembros para devolver el dinero,
varios meses después aún $15 millones de dólares seguían perdidos. Cerca de 4
mil miembros retiraron mucho más que su saldo disponible llegando en muchos
casos a retirar hasta $10 mil dólares más de su disponibilidad.
Mientras tanto, y en esa mismísima ciudad, un
ex profesor venía operando una pequeña microempresa para repartir bagels que dejaba en canastas en las empresas
para que los compradores dejaran $1 dólar en la canasta cada vez que tomaban
una unidad. Era un sistema de honor en el que él simplemente al final del día
pasaba por el lugar y recogía los sobrantes y el dinero que le habían dejado.
No tenía costos de nómina de vendedores porque no los había. Solo tenía los
costos de las pérdidas por los clientes que decidían comerse la bagel y no dejar un peso. Steve Levitt,
autor de Freakonomics, ha estudiado en
detalle este caso tan
interesante. El 11 de septiembre tuvo un impacto en el negocio de este profesor
jubilado. Las pérdidas cayeron de un 13% a un 11% y permanecieron en ese menor
nivel desde ese momento. ¿Cómo es posible que en la misma ciudad y bajo las
mismas circunstancias –semejante experimento natural!, se disparen procesos
simultáneos de mayor honestidad y mayor deshonestidad en sus ciudadanos comunes
y corrientes?
Apenas estamos comenzando a entender el
comportamiento honesto y deshonesto. Hay un boom de estudios más sistemáticos
sobre el tema que vienen surgiendo desde los filósofos morales, sicólogos
sociales y experimentales, biólogos, antropólogos y experimentalistas en
general para tratar de comprender la naturaleza humana cuando se enfrenta a la
posibilidad de un acto deshonesto con grandes ganancias y la posibilidad de
salirse con la suya sin llegar a ser detectado.
Una parte de esta literatura y experimentos
fue compilada por Dan
Ariely en su reciente libro sobre “La (honesta) verdad acerca de la
deshonestidad”.
Ariely trata de sintetizar el argumento en un modelo un tanto simplista pero
provocador sobre el comportamiento deshonesto. Primero, más que señalar a
personas deshonestas y honestas, él se concentra en los actos, en líneas
similares a las de Phil Zimbardo quien planteó un poderoso argumento para
explicar por qué personas esencialmente sanas pueden -por el contexto de reglas
y condiciones del ambiente- llegar a comportamientos atroces. El modelo que
Ariely propone es que todos los humanos tenemos una brújula moral que
permanentemente estamos administrando para buscar por un lado esos pequeños o
grandes beneficios de la deshonestidad sin que seamos descubiertos –desde echar
un piropo mentiroso o inventar una historia para quedar bien con otros o llegar
tarde a una cita, hasta robos sistemáticos y cuantiosos; y por otro lado
nuestra búsqueda por mantener una imagen positiva de nosotros mismos.
Curiosamente, argumenta Ariely, prestamos mucha atención a los casos sonoros de
grandes fraudes pero cotidianamente hay una multitud de pequeñas pérdidas por
eso actos deshonestos que le cuestan enormemente a la sociedad, como es el caso
de pequeños robos en las oficinas o almacenes de cadena, pequeñas trampas a
las compañías de seguros, y miles más. Según el modelo de Ariely, una gran
cantidad de individuos se atreven a pequeños actos deshonestos –unos pocos a
los grandes fraudes, y en esos pequeños actos van buscando ese balance entre
las ganancias de la deshonestidad sin llegar a deteriorar su imagen propia y
auto estima de ser una persona honesta. Por eso, sugiere Ariely, debemos estar
reiniciando nuestro sistema de esa brújula moral para mantener vigente y
presente esa segunda fuerza, la de la imagen que tenemos de nosotros mismos.
En el ámbito académico éste seguirá siendo un
tema de muchas aristas. Hace un tiempo aquí en La Silla Vacía les contamos con
mi colega Oskar Nupia sobre un experimento de
honestidad que hicimos con estudiantes. Uno de los estudios más completos que he
encontrado es el de Davis, Drinan y Galland (Cheating in School) y allí el
diagnóstico es preocupante.
Con mi colega Mariana Blanco de la
Universidad del Rosario terminamos
recientemente un experimento de honestidad bastante sencillo. Le dimos a cada
uno de 100 participantes un dado de 6 caras y un tarro de plástico negro que
tenía un orificio en el fondo.
Les pedimos que sacudieran el dado dentro del
tarro, lo colocaran boca abajo con el dado al interior y observaran por el
orificio el número que había resultado. Les pedimos que anotaran ese número y
que recibirían $3,000 multiplicados por el número que había obtenido esa
persona. Claramente solo esa persona sabría la verdad sobre el número que había
obtenido. En una sociedad perfectamente honesta esperaríamos que cada cara del
dado ocurriera unas 16 a 17 veces. En una sociedad perfectamente deshonesta
observaríamos 100 personas reportando el número 6 echándose cada una al
bolsillo $18,000 sin riesgo alguno de sanción legal o social por parte de los
demás.
Los resultados nos muestran algo en las
mismas líneas de muchos de estos estudios incluidos aquellos reportados por
Ariely en su libro. Decimos mentiras, pero no tan grandes, y lo hacemos con
cierta frecuencia. En este experimento (ver gráfica) muchas menos personas
reportaron los números más bajos, y por otra parte más del 56% de los
participantes reportaron el 5 y el 6.
Este resultado de este experimento tan
sencillo se ha venido replicando en muchos estudios con variaciones que
demuestran lo manipulable que es la brújula moral de los individuos. Por
ejemplo, cuando se les permite que lancen el dado varias veces, y deban
reportar solo el primero lanzamiento, los números son aún mayores. De la misma
manera, pistas éticas pueden tener impactos interesantes. Ariely y sus colegas,
por ejemplo, le permitieron a grupos de estudiantes que se auto
calificaran sus exámenes y obtener pagos monetarios por el número de respuestas
correctas. La mitad de los estudiantes recibieron junto al examen una lista de
las 10 canciones más populares en la radio. La otra mitad recibió una copia de
los 10 mandamientos. El segundo grupo obtuvo un menor rendimiento en el
examen.
Como dije al comienzo, apenas comenzamos a
escarbar en las primeras capas de la complejidad que trae el problema de la
honestidad.
En una sociedad donde el premio al primero
cada vez es más grande y único, donde el costo de no terminar la carrera o no
llegar primero es cada vez peor, donde valoramos excesivamente los resultados
relativos a los demás, las tentaciones a los actos deshonestos y la
proliferación de actos deshonestos van jugando un papel cada vez más peligroso.
Es probable que sea una de las consecuencias no intencionadas de la
meritocracia y el mito de la movilidad social.